Lectura del Domingo: Cuando el ajuste no cierra, Familias al límite, sube la mora y cae la capacidad de pago
Salarios que corren detrás de la inflación, crédito cada vez más caro y un modelo económico que, lejos de aliviar, profundiza la fragilidad social.
En la Argentina de hoy, el relato de la estabilización convive con una realidad más áspera: la de millones de familias que ya no logran sostener el día a día. Con salarios magros, que en muchos casos quedan por debajo de la inflación, el margen para cumplir con las obligaciones básicas se reduce hasta volverse asfixiante. La pregunta comienza a instalarse con fuerza: ¿hasta cuándo la política económica del gobierno de Javier Milei seguirá trasladando el peso del ajuste sobre los hogares?
Los datos son elocuentes. Según el último informe del Banco Central de la República Argentina, la morosidad en los préstamos a familias alcanzó el 10,6% en enero de 2026, el nivel más alto en casi dos décadas. En apenas un año, la cifra se cuadruplicó, reflejando un deterioro acelerado en la capacidad de pago. No se trata de un fenómeno aislado, sino de una tendencia que atraviesa todo el sistema financiero.
El contraste es evidente, mientras el Instituto Nacional de Estadística y Censos reporta crecimiento económico con un PBI en alza del 4,4% en 2025, la vida cotidiana de las familias cuenta otra historia. Una historia donde el crédito deja de ser una herramienta de alivio para convertirse en una trampa.
Los números del endeudamiento hablan por sí solos. Los préstamos personales presentan una mora del 13,2%, las tarjetas de crédito alcanzan el 11%, empujadas por el uso extendido del pago mínimo con tasas que rondan el 4% mensual y en el universo más precario de las fintech y billeteras virtuales, la irregularidad escala hasta un alarmante 25%. Allí, donde muchos recurren a microcréditos para cubrir gastos esenciales, la fragilidad es aún más profunda.
Desde el oficialismo, el ministro de Economía Luis Caputo relativiza la situación y la define como un “coletazo” de las tasas elevadas del pasado reciente. Asegura que el problema “se va a ir acomodando”. Sin embargo, desde miradas más críticas, como la de la consultora LCG, el diagnóstico es más estructural: tasas que siguen siendo altas cercanas al 69% en préstamos personales combinadas con ingresos estancados o en retroceso.
En ese cruce de variables, el ajuste adquiere un rostro concreto. No es una abstracción macroeconómica, sino una cadena de decisiones cotidianas: pagar una deuda o comprar alimentos, refinanciar una tarjeta o cubrir un alquiler. La economía crece en los indicadores, pero se contrae en los bolsillos.
El propio Banco Central destaca que el sistema financiero mantiene niveles de cobertura elevados frente al riesgo. Pero esa solidez técnica contrasta con la vulnerabilidad social que emerge con fuerza. Porque detrás de cada porcentaje de mora hay una familia que no llega, un ingreso que no alcanza, una deuda que se acumula.
Así, mientras el Gobierno sostiene su rumbo y apuesta a que la estabilización macroeconómica termine ordenando las variables, la realidad impone otro ritmo. Uno más urgente, más tangible, más humano. Y es allí donde se juega el verdadero desafío: si el modelo económico será capaz de recomponer el tejido social o si, por el contrario, continuará profundizando una desigualdad que ya se expresa en cifras récord de endeudamiento y en la creciente dificultad de las familias argentinas para sostener su propia vida cotidiana.
