INTERÉS GENERAL

Isla de los Estados, un territorio extraordinario donde conservar también significa aprender a no intervenir

En el extremo oriental de Tierra del Fuego, el aislamiento convirtió a la Reserva Provincial Isla de los Estados en un refugio de biodiversidad, historia y paisajes únicos. Llegar hasta allí es un privilegio, pero también implica una responsabilidad: conocerla sin alterar aquello que durante siglos la convirtió en un lugar excepcional.

Hay lugares que no necesitan presentación. Basta con llegar para comprender que la naturaleza puede superar cualquier descripción. La Isla de los Estados es uno de ellos.

Separada del resto de Tierra del Fuego por las aguas del estrecho de Le Maire, la isla aparece como un territorio remoto, marcado por fiordos, montañas, nieve, bosques, viento y un mar que durante siglos fue protagonista de historias de navegantes, pueblos originarios, naufragios y expediciones.

Llegar no es sencillo. Y quizás allí se encuentre una parte esencial de su encanto.

Su aislamiento permitió que buena parte de sus paisajes y ecosistemas conservaran características excepcionales, pero al mismo tiempo plantea un desafío permanente para quienes tienen la responsabilidad de protegerla: cómo permitir que la ciencia y algunas visitas puedan acercarse a ese territorio sin modificar aquello que se pretende conservar.

Eduardo Bauducco, director de Conservación de la Secretaría de Ambiente de Tierra del Fuego, conoce la isla desde distintos lugares: como técnico, como conservacionista y también como visitante. La ha circunnavegado en distintas oportunidades y participó de recorridos junto a arqueólogos y biólogos.

Pero incluso después de haberla recorrido varias veces, reconoce que hay experiencias que difícilmente puedan explicarse con palabras.

RIO GRANDE

Ha visto, incluso, a personas emocionarse hasta las lágrimas al pisarla por primera vez.

Un territorio donde naturaleza e historia se encuentran

La Reserva Provincial Isla de los Estados, creada en los primeros tiempos de la Provincia por mandato constitucional, comprende la isla y los islotes y territorios insulares que la rodean.

Su importancia no se limita a una especie determinada. Para Bauducco, el verdadero valor está en el conjunto: el ambiente, sus características ecológicas, el paisaje y la enorme carga histórica que contiene.

La isla constituye un refugio para numerosas especies características de la región subantártica. Entre ellas se encuentran el pingüino penacho amarillo (Eudyptes chrysocome) y el huillín (Lontra provocax), dos especies que requieren especial atención en materia de conservación.

También encuentran allí espacios de reproducción y descanso distintas aves, entre ellas el cóndor andino, el carancho austral, el petrel gigante del sur y el albatros de ceja negra.

Las costas tampoco permanecen ajenas al movimiento de la fauna marina. Lobos y elefantes marinos forman colonias, mientras que en las aguas que rodean el territorio pueden observarse distintas especies de cetáceos.

La presencia de ballenas francas australes, jorobadas, fin, sei y cachalotes, junto con orcas, toninas overas y delfines australes, completa un escenario en el que tierra y mar forman un ecosistema difícil de encontrar en otras regiones.

Debajo del paisaje también vive la memoria

Pero la historia de Isla de los Estados no comenzó con los navegantes europeos.

Mucho antes de que las cartas náuticas registraran sus costas, pueblos originarios como los yaganes y haush habitaron y recorrieron estos territorios.

La presencia humana dejó huellas que todavía permanecen bajo la vegetación, en las costas y en los fondos de sus fiordos. También existen vestigios vinculados con los numerosos naufragios ocurridos en sus aguas.

Para los investigadores, cada uno de esos sitios representa una oportunidad para reconstruir parte de una historia que permanece protegida por el propio aislamiento de la isla.

Los arqueólogos pueden encontrar allí elementos capaces de aportar información sobre las formas de vida, desplazamientos y cultura de quienes habitaron estos territorios antes de la llegada de los europeos.

Por eso, conservar Isla de los Estados no significa únicamente proteger animales, bosques y costas. También significa preservar una memoria que pertenece a generaciones que ya pasaron y a otras que todavía no llegaron.

Un laboratorio natural que todavía tiene preguntas por responder

La investigación científica también ocupa un lugar fundamental.

La isla continúa siendo escenario de estudios destinados a comprender sus ecosistemas, sus especies y las transformaciones que ha experimentado a lo largo del tiempo.

Entre los desafíos aparece el impacto producido por especies exóticas introducidas, además del descubrimiento eventual de nuevas especies y la necesidad de ampliar el conocimiento sobre aquellas que ya habitan el territorio.

Ese trabajo científico resulta clave para tomar decisiones de conservación basadas en información y no solamente en percepciones.

Porque proteger un lugar tan particular también implica conocerlo.

Llegar es un privilegio; conservar, una responsabilidad

El aislamiento que dificulta llegar hasta la isla constituye, paradójicamente, una de sus principales herramientas de protección.

La Provincia no mantiene personal permanente en el territorio, pero guardaparques y técnicos de la Secretaría de Ambiente realizan presencia durante las campañas de verano, acompañando las visitas turísticas autorizadas y las actividades científicas.

La llegada se realiza por vía marítima. Desde Ushuaia son necesarios varios días de navegación por el Canal Beagle hacia el este y posteriormente el cruce del estrecho de Le Maire.

No se trata de un destino turístico convencional.

Las visitas requieren autorización de la autoridad ambiental provincial y existen sitios específicos habilitados para desembarcar. Además, hay restricciones destinadas a preservar tanto el ambiente como el patrimonio histórico y cultural.

No está permitido hacer fuego y la premisa fundamental es no alterar el territorio.

La lógica es sencilla, aunque no siempre fácil de aplicar: llegar, observar, aprender y retirarse dejando el lugar prácticamente como estaba.

La conservación como una forma de humildad

Bauducco considera que el desafío requiere algo más que normas y controles. Habla de educación y de una mirada capaz de vincular el conocimiento científico con valores éticos.

En ese equilibrio aparece una idea central: encontrar un uso razonable y sensato de los espacios naturales extraordinarios.

Porque no todo aquello que puede ser visitado necesariamente debe ser explotado. Y no todo lo que despierta curiosidad necesita ser transformado para ser conocido.

En sus palabras aparece una reflexión que resume buena parte del espíritu de la conservación: la verdadera inteligencia también puede encontrarse en la humildad de reconocer nuestra pequeñez frente a la naturaleza.

En Isla de los Estados esa sensación parece inevitable.

El viento golpeando las costas, el mar entrando en los fiordos, los musgos y líquenes bajo los pies, las montañas y la inmensidad del paisaje recuerdan que existen territorios donde el ser humano no es protagonista, sino apenas un visitante.

Una emoción que permanece

Bauducco ha tenido el privilegio de recorrer distintos sectores de la Reserva y de hacerlo acompañado por especialistas de diferentes disciplinas. Sin embargo, asegura que hay sensaciones que ninguna fotografía, mapa o informe científico puede transmitir completamente.

Una de ellas es ingresar a los fiordos.

Otra, caminar bajo la lluvia entre musgos y líquenes.

Otra, simplemente quedarse frente al mar y sentir el viento frío sobre las costas abruptas.

En una de sus visitas, compartió el recorrido con una compañera que conocía la isla por primera vez. Entonces ocurrió algo que ya había vivido él mismo años antes: las lágrimas de emoción de quien acaba de descubrir un paisaje capaz de desbordar cualquier expectativa.

A Bauducco le recordó su propia primera experiencia, cuando desde lo alto de un mirador natural contempló el mar y el viento golpeando las costas de aquel territorio remoto.

Quizás ahí se encuentre la verdadera dimensión de Isla de los Estados.

No solamente en su biodiversidad, en sus especies, en sus vestigios arqueológicos o en sus paisajes. También en la capacidad de un lugar para provocar asombro y, al mismo tiempo, recordarnos que hay territorios que no necesitan ser conquistados para pertenecernos.

Alcanzarlos puede ser un privilegio. Conservarlos, una responsabilidad.

Y tal vez el verdadero desafío no sea conseguir que cada vez más personas lleguen hasta Isla de los Estados, sino lograr que quienes tengan la oportunidad de conocerla comprendan que su mayor valor está precisamente en aquello que todavía permanece intacto.

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